Mi memoria histórica

 

En abril de 2018 realicé un viaje que hubiera debido hacer con mi padre en 1986.

Cuando entonces me entregó Ida y vuelta de un soldado, lo leí de un tirón y le dije que estaba muy bien, y poco más.

 

La verdad es que había oído muchas de aquellas historias, sobre todo las buenas, durante las cenas de nochebuena. Por entonces estaba enfrascado en el trabajo, prepararando al mismo tiempo una tesis (que se demoró 20 años), con hijos pequeños.

 

Ida y vuelta de un soldado, con su encuadernación artesanal, quedó olvidado en una estantería -por cierto, junto a las Memorias de Azaña.

A la hora de la jubilación recuperé el libro y pensé que valía la pena difundirlo.

Era al fin y al cabo mi memoria histórica.

La de un muchacho al que la artillería de Franco le mata al padre, y, de repente, no tiene más remedio que convertirse en hombre.

 

La del transmisionista de la 33ª Brigada del Ejército Popular, cuya principal preocupación es sobrevivir.

 

La del soldado republicano, que admira la valentía de los veteranos y mandos que luchan por sus ideales, aunque lo que el quiere es más "orden".

 

La del preso que recorre los campos de concentración franquista, y medio siglo después recuerda sin odio.

Mi memoria histórica no estaría completa sin el recuerdo de aquella niña de 13 años, que era mi madre, que en los primeros días de la guerra abre la puerta a unos milicianos que se llevan a su tío Antonio -antiguo seminarista, interventor de la CEDA- para unas "comprobaciones". Antonio fue fusilado en las tapias del cementerio de Aravaca.

En este punto, creo que abrir las fosas y enterrar dignamente no es abrir heridas, sino cerrarlas. Que es una justicia debida. Que el Valle de los Caídos, sin la tumba del dictador, debe ser un centro de la memoria. Que los que cometieron crímenes contra la humanidad puedan ser procesados y les sean retirados los honores. Que los que injustamente fueron condenados sean reahiblitados.

 

Creo que es la manera, ahora que no están los que sufrieron la guerra y la represión -a veces ni siquiera sus hijos- que sus nietos puedan recordarlos sin deudas morales pendientes.

El viaje

Todo viaje comienza con la investigación y la documentación.

 

Conocía la figura de Tagüeña, pero no sus memorias, Testimonio de dos guerras, que puede leerse en Scribd. En lo que relata de las batallas de Aragón y el Ebro su texto me ha servido para contrastar el de mi padre. Más interesante que su detallada crónica militar me ha resultado su propia historia: el joven republicano, devenido primero socialista y luego comunista y, sobre todo, la peripecia del dirigente comunista que se libera del estalinismo.

La otra fuente de referencia ha sido la obra de Jorge Martínez Reverte. Por cierto que Jesús Martínez Tessier, el padre de los hermanos Martínez Reverte, fue también soldado de transmisiones en otra unidad del Ejército del Ebro.

José Luis utilizó Los que estuvimos en el Ebro, un libro de un oficial de IV División de Navarra de 1970. Carece de estructura y coherencia, pero recoge interesantes testimonios de combatientes de ambos bandos.

El mes de abril de 2018 viajo a los escenarios de ida y vuelta de un soldado. Por razones prácticas, no sigo el trayecto en el orden en que lo realizó José Luis.

Utilizo casi siempre los topónimos en castellano, como en Ida y vuelta de un soldado, en lugar de sus actuales denominaciones oficiales en catalán.

Torrelaguna

A primeros de abril me acerco a Torrelaguna, donde en 1938 se encontraba de refuerzo la 33ª Brigada, en la que mi padre se alistó.

En la oficina de turismo no pueden darme noticia de que edificio pudo ser el acuartelamiento de la Brigada y, desde luego, nadie queda de aquellos años. Quizá pudo ser el cuartel de la Guardia Civil o la Abadía Concepcionista. Desde luego, lo que parece que no ha podido cambiar mucho es la espaciosa plaza, donde la Brigada forma antes de salir para el frente el 16 de marzo de 1938.

Tortosa

​Mi primer destino es Tortosa. Los grandes ríos siempre impresionan. Esta primavera un Ebro crecido fluye majestuoso. Allí estoy el 18 de abril, 80 años después de la voladura de los puentes.

Tres puentes cruzaban el Ebro en 1938 en Tortosa. El del ferrocarril, el de Cinta, un puente privado de peaje, y el del Estado, público y gratuito. Los tres eran entonces pasarelas colgantes de hierro. Los tres fueron volados por el ejército republicano en su retirada.

El del Estado, reconstruido en los años 40 según  diseño de Eduardo Torroja, es la principal conexión urbana entre las dos orillas del Ebro. Es un puente colgante sobre tres arcos de hierro y su aspecto es muy distinto al que aparece volado en las fotos de aquellos días.

El de la Cinta no se reconstruyó y sobre su pilar central se levantó el monumento conmemorativo de la Batalla del Ebro. Aunque con  la democracia se retiraron los símbolos franquista más evidentes, como el Victor que colgaba de las garras del águila, sigue siendo una construcción controvertida. En 2016 una consulta ciudadana con poca participación dio como resultado mantenerlo y explicarlo. Lo cierto es que solo una ambigua inscripción -" A los combatientes que hallaron gloria en la Batalla del Ebro"- puede interpretarse como reconocimiento a los dos bandos y desde luego no luce como símbolo de reconciliación.

Y por último, el puente del ferrocarril, el Pont Roig, hoy una pasarela  peatonal, que conserva todavía su roblones (remaches) originales. Su aspecto debe de ser muy parecido al que tenía en 1938, si no fuera porque ahora está pintado de rojo.

Cruzo de la orilla derecha a la izquierda, como José Luis lo hizo, pero bajo el fuego de las ametralladoras enemigas. Me le imagino diciendo a su compañero "corre Antonino, corre". Su angustia al enredarse en los cables preparados para voladura y su alivio al verse sano y salvo en la otra orilla, refugiado en una casa, al oir el estruendo de la explosión.

En la orilla derecha, no encuentro restos de las cocheras de las que habla José Luis y nadie me puede dar razón de ellas en la oficina de turismo.

En turismo me recuerdan los bombardeos que sufrió Tortosa. El 15 de abril la aviación italiana lanzó 20 toneladas de bombas. Hubo al menos 92 muertos. Días después de mi estancia se celebra un acto conmemorativo.

 

Cuando el 18 José Luis cruza a la orilla izquierda la ciudad está prácticamente deshabitada. Los transmisionistas se instalan en unos hotelitos, cerca del castillo. Allí no están mal, pero un día sufren un terrible bombardeo en un pinar cercano,

 

Subo al castillo, pero resulta imposible ubicar eso hotelitos. Las casas que rodean el castillo están prácticamente abandonadas.

Por lo demás, Tortosa es hoy una ciudad pujante, con un centro modernista y un nucleo medieval, bien conservado. En sus calles se hace presente la población de origen magrebí que trabaja en las instalaciones agrícolas de la comarca. Por supuesto, abundan pintadas y símbolos independentistas.

Cherta

Por la actual C-12 recorro los 13 kilómetros que separan Tortosa de Cherta. Hago el recorrio en sentido contrario, pero, salvo la calidad de la carretera, el paraje es el mismo. El río, pequeñas parcelas de naranjos a su orilla, la vía verde (el antiguo ferrocarril) y la carretera.

No hay que ser militar para comprender que era un paraje adecuado para establecer una línea defensiva de Tortosa.

En Cherta, en una gasolinera me explican como llegar hasta los túneles. Compro unas naranjas excelentes, las últimas de la temporada. Quizá los soldados en su retirada encontraron en aquel abril de 1938 los último futos en los árboles. 

 

"Ah, la guerra, mala cosa", es la respuesta -que palabra más o menos se va a repetir en otros lugares- cuando explico porque quiero visitar los túneles.

Camino unos centenares de metros por la vía verde, bastante concurrida por caminantes, y llegó a los túneles. Es una sucesión de una decena de galerías que perforan las colinas, algunos muy cortos, otros deben tener más de 500 metro. Lugar ideal para refugiarse de las bombas de la aviación.

 

Recorro las primeras galerías. Intento imaginarme el estruendo, la oscuridad y el polvo de aquella escena.

No encuentro ninguna placa que recuerde los combates.

Prat del Compte

Subiendo hacia Prat del Compte el paisaje se hace agreste. A la derecha quedan las crestas de la sierra de Pándols. Ocupadas en las primeras horas de la batalla del Ebro por las fuerzas de Líster, en ellas se hicieron fuertes, sin descender sobre Prat, que hubieran tomado sin esfuerzo. Al menos esas alturas resultaron buenas posiciones defensivas. Parece mentira que por estos barrancos se puedieran librar algunos de los episodios más intensos de la batalla.

En Prat no hay nadie por las calles. No en vano no llega a los 200 habitantes. Las calles despobladas va a ser una de las constantes de todos estos pueblos. Son las dos de la tarde y el Centro de Interpretación de la Terra Alta está cerrado.

Hoy como ayer, Prat es un nudo de las carretaras comarcales y la puerta de la Terra Alta hacia Valderroble, hacia el Maestrazgo, de donde venía en retirada mi padre en 1938.

El paraje es una vaguada, el último territorio llano antes de descender hacia el Ebro. Ciertamente, si la aviación nacional hubiera bombardeado a las fuerzas republicanas de Taguëña y Líster reunidas allí aquel 1 de abril de 1938 hubiera sido una carnicería.

Flix

En Flix me cuesta encontrar el punto del cruce del Ebro.

 

Según los relatos, no es el punto más estrecho del meandro, donde hay ahora una balsa, en abril de 2018 fuera de servicio por la crecida del Ebro. En algunas reconstrucciones recientes, los actores y figurantes cruzan por este punto. Pero no fue así en 1938, quizá porque esta zona estuviera bien defendido por el enemigo.

Las tropas de Tagüeña lanzan dos ataques, uno a la altura de la Electroquímica de Cross, que encuentra poco resistencia, y otro un poco más al sur, por donde pasa José Luis en la barca del comandante Fidel Ruiz, donde el enemigo es más fuerte, pero que también se realiza con éxito.

No puedo precisar exactamente el lugar, pero sí el emplazamiento del puente de Hierro, por el que 16 de noviembre de 1938 se retiró lo que quedaba del Ejército del Ebro.

 

Pregunto por el monumento que recuerda este hecho, pero nadie sabe darme razón, hasta que un hombre mayor me explica como llegar. Está un poco más abajo del muro del embalse por el que pasa la carretera, que entonces no existía.

Allí, en la orilla izquierda una escultura figura el puente y una placa con el rostro de Tagüeña recuerda el fin de la batalla.

Presumo que el paso en barca a la orilla derecha se realizó por este punto, puede que bajo los disparos desde el castillo que domina el paraje, reconstruido por los carlistas en el siglo XIX.

Por la Terra Alta

Recorro los principales escenarios de la Terra Alta mencionados en Ida y vuelta de un soldado.

Campos de almendros, algunos olivares y sobre todo viñas, se alternan entre sierras y cerros escarpados. Durante la batalla era más fácil encontrar vino que agua.

Tierra tradicionalmente carlista, de aquí eran algunos de los requetés del Tercio de Monserrat que combatieron en la batalla, aunque más que payeses los requetés eran burgueses y jóvenes católicos, como el luego erudito Martín de Riquer.

 

Hoy los pueblos de la comarca, como toda la Cataluña rural, lucen esteladas y lazos amarillos y pancartas que cuelgan de edificios públicos piden "libertad para los presos políticos".

 

La visita a Gandesa, la capital de la Terra Alta era obligada, aunque en Ida y vuelta de un soldado tuviera poca presencia.

 

José Luis solo pasa por Gandesa ya prisionero. Le sorprenden los numerosos puestos de alimentos que encuentra en la calle.

 

Era el principal objetivo de la ofensiva republicana, pero nunca fue tomada. En sus inmediaciones, en las mismas calles del pueblo, junto al edificio modernista de la cooperativa vinícola se desarrollaron sangrientos combates.

 

Gandesa fue referencia simbólica de la batalla: "en el frente de Gandesa, primera línea de fuego".

Gandesa tiene el más importante centro de interpretación de la batalla del Ebro.

 

Allí encuentro los elementos de trabajo de los transmisionistas. El rollo de cable cobre sobre una estructura metálica, que llevaban atado a la espalda con dos simples cuerdas. El télefono, con sus timbres niquelados, que José Luis tapaba para que el brillo no fuera localizado por la aviación enemiga. Y, finalmente, la granada de piña, único armamento que llevaban los soldados de transmisiones.

Las ruinas del viejo pueblo de Corbera son el testimonio más evidente de la batalla. 

De todos los lugares conmemorativos, el Memorial de Camposines es el más emocionante. Contra las posiciones republicanas en el cruce, vital para para hacer llegar al frente los suministros que lograban cruzar el Ebro, se desarrollaron tres ofensivas nacionales. Hoy en el lugar se ha construido un espacio de recogimiento en torno a un osario que recoge los restos de combatientes de ambos bandos. Fotografías, poesías, relatos y flores recuerdan a los caídos.

La Sierra de la Fatarella está hoy llena de aereogeneradores. Por estas tierras se movía José Luis entre el pueblo de Fatarella y la centralita que se encontraba bajo una roca en Ascó.

La Fatarella, un pueblo "simpático" para José Luis, está desierto. No localizo la casa del cura, donde se alojaban los transmisionistas.

Y llego por fin a Villalba de los Arcos. Los hombres de Tagüeña no consiguieron conquistar este que era uno de sus objetivos principales. Desde el pueblo se lanzaron contraofensivas franquistas contra la serie de colinas que hay al otro lado de una vaguada. Desde un mirador junto a la iglesia se domina la línea de cotas por las que se luchó denodadamente, entre ellas el vértice Gaeta, puesto de mando de Tagüeña.

Al otro lado de la vaguada está el cementerio. En sus tapias se protegió José Luis del fuego enemigo durante una misión para reparar una línea.

Desde el pueblo parte un camino de cipreses, el camino del Calvario, hasta el cementerio. Creo haber leido que lo habilitó el Tercio de Monserrat después de la guerra, pero no puedo precisar el dato. Por el camino llego hasta las tapias del cementerio. Allí, solo, recuerdo el episodio narrado por mi padre y los relatos de otros combatientes de este frente.

Por tierras de Lérida

Visito algunos de los pueblos de la provincia de Lérida, en los que la 33ª Brigrada descansó después de la retirada de Aragón y se preparó para la Batalla del Ebro.

En Tarrés, un empleado municipal localiza a la señora que tiene las llaves de la iglesia. Muy amablemente la abre y conversamos. Le cuento que allí se instaló la compañía de mi padre, pero no le digo que uno de sus compañeros salió un día con las vestiduras litúrgicas, parodiando a un cura. Ella me cuenta que personas de izquierdas protegieron a otros vecinos, lo que no les evitó luego la represión franquista.

En la Granadella recuerdo en la espaciosa plaza cómo en este lugar el general Hernández Sarabia pasó revista a las tropas que se estaban preparando para participar en la batalla. Hoy la plaza luce los símbolos y pancartas independentistas de rigor.

Compro un estupendo aceite y asisto en la cooperativa a un audiosvisual en el que se representa la conversación en los años 60 entre un viejo payés y un jornalero emigrado de Jaén. Hablan sobre los distintos tipos de aceituna, la forma de cultivarlas y convertirlas en aceite. El audiovisual, con fines didácticos, tiene un tono paternalista.

Y así termina mi viaje, 80 años después.

Portada de Ida y vuelta de un soldado, encuadernado e ilustrado por su autor

Portada de Testimonios de dos guerras, de Manuel Tagüeña

Portada de La batalla del Ebro, de Jorge Martínez Reverte

GALERÍA DE TORRELAGUNA

GALERÍA DE TORTOSA

GALERÍA DE CHERTA

GALERÍA DE PRAT DEL COMPTE

GALERÍA DE FLIX

GALERÍA DE GANDESA