José Luis solo era José Luis en la partida de nacimiento.

 

José Díaz Bravo nunca utilizará ese nombre compuesto, solo para crear un alter ego en su relato  de guerra y cautiverio. Para todos siempre fue Pepe -como su esposa, Josefa Arias Gracia, sería Pepita o Pepi.

Pepe nació en Madrid en 1919. Su padre era tratante de grano. Su madre, ama de casa, había venido muy joven a servir desde su pueblo, Colmenar Viejo.

 

Una familia humilde, sin privaciones, pero sin ningún lujo. En un piso de 40 m2 -eso sí con tres balcones a la calle- convivían los padres, cuatro hijos y el abuelo.

Pepe fue el segundo de cuatro hermanos.

Formación primaria y aprendiz de fotográfo

 

Pepe solo recibió formación primaria.

 

A los 4 años su madre le llevó de la mano hasta la cercana Dehesa de la Villa. Allí se encontraba una de las escuelas del Ave María, fundadas por el sacerdote y pedagogo Andrés Manjón.

 

El director era -claro- otro cura, Don Juan Segura, que solo puso como condición para admitir al chico que la madre se comprometiera a llevarle puntualmente cada mañana.

 

La enseñanza y los libros eran totalmente gratuitos y no había distinción entre alumnos de pago y gratuitos, como en los maristas de Maravillas, de Bravo Murillo, a los que fue su hermano mayor, donde los pobres entraban por una puerta lateral.

Andrés Manjón y sus escuelas del Ave María fueron la alternativa católica y conservadora a Francisco Giner y la Institución Libre de Enseñanza. Comparten métodos pedagógicos, como la enseñanza por el juego, la personalización del aprendizaje  y las clases al aire libre. Pero Manjón pretende, ante todo, la indoctrinación católica del niño, no educar en el pensamiento crítico, y abomina de la escuela laica, a la que atribuye todo tipo de males.

En la Dehesa de la Villa parecen retarse estas dos concepciones pedagógicas.

 

En 1934 la República, en su misión educadora, inaugura delante de ese colegio del Ave María uno de los nuevos grupos escolares, el Francisco Giner, que incorpora incluso piscina. El fraquismo le renombra como Andrés Manjón y muchos años después, la democracia recupera el nombre de Francisco Giner.

El caso es que Pepe acudió a aquella escuela del Ave María hasta los 12 años. Allí obtuvo una formación elemental, pero sólida, que nunca olvidó.

 

Destacó en el dibujo, que siempre intentó practicar. Recordó con cariño a Don Juan, recto y exigente, pero también cariñoso. Por cierto, que aquella institución estaba entonces financiada por la familia Oriol. Antonio María de Oriol era teniente de requetés en la batalla del Ebro, en la que  al otro lado del frente estuvo el soldado republicano José Luis.

Del paso por el Ave María le quedó también un catolicismo elemental y poco formalista -misa dominical sí, pero cigarrito en la calle durante el sermón, nada de confesión y comunión, nada de rosarios ni devociones.

 

Que los hermanos estudiaran en colegios católicos fue en los primeros días de la guerra, un elemento de riesgo para una familia que vivía en unos de los barrios obreros más característicos de Madrid.

Pepe pasó brevemente por la Escuela de Comercio, pero se le atragantó la contabilidad. Así que sus padres le colocan como aprendiz en la tienda de fotografía Braulio López, en la calle del Príncipe.

Y en estas llegó la guerra.

La muerte del padre

Desde el otoño del 36 la familia Díaz Bravo sufre como todos los madrileños el cerco de Madrid. Desabastecimiento, carestía, bombardeos. Los de la aviación nacional eran especialmente mortíferos, pero los de artillería que disparaba desde la Casa Campos, desde el Cerro Garabitas, se convirtieron en una trágica rutina, con un reguero diario de muertos, heridos y destrucción.

El 30 de mayo de 1937, día de San Fernando, era domingo.

 

Esa mañana toda la familia estaba en casa, cuando empezó el bum-bum de los cañones. Todos bajaron al piso bajo de la casa. El padre olvidó el tabaco y regresó. En ese momento, un obús entró por la ventana de la cocina. Después de la explosión, Pepe, 17 años, es el primero en subir y en sus brazos recoge el cadáver ensangrentado de su padre.

Cuatro hijos, entre los 19 y los 12 años, sin casa, sin recursos. El hijo mayor enfermo. La madre vuelve a limpiar casas para subsistir.

 

En la foto del grupo familiar, realizada aquel verano del 37, quizá para obtener alguna ayuda oficial, la madre, Matilde, luce un rictus de dolor ausente, que la acompañaría todo la vida. Pepe, con una cinta de luto en su chaqueta. Los hermanos mayores, serios, mostrando madurez y en actitud protectora del menor.

Pocos meses después, Pepe, José Luis, en sus memorias se alistó voluntario. Salió de su casa el 5 de marzo de 1938. Regresó el 1 de junio de 1939. Ha pasado 7 meses de guerra y 8 de cautiverio en los campos de concentración de Franco.

La guerra y el cautiverio

Siguiendo la recomendación de un familiar, en marzo de 1938 Pepe se alistó voluntario en la Brigada Mixta 33ª del Ejército Popular, de la 3ª División, que descansaba en Torrelaguna, después de participar en los combates de la Sierra de Madrid.

En realidad, presentándose voluntario, pretendía evitar ser movilizado con su quinta, la de 1940, que fue llamada a filas pocos días después. En tal caso, hubiera sido asignado a alguna de las unidades de choque, que habían tenido su origen en el V Regimiento, acuartelado en el colegio de los Salesianos de Estrecho, al lado de su casa.

José Luis fue asignado a la compañía de transmisiones, que no era mal destino, comparado con el de los fusileros, que luchaban en primera línea. Lo que no sabía es que aquella brigada de reserva iba a entrar en combate pocas semanas después.

Pasó por la retirada de Aragón y la batalla del Ebro. Sobrevivió a la carnicería.

Hecho prisionero el 15 de noviembre de 1938, sufrió el tristemente famoso campo de concentración de Miranda de Ebro y tras pasar por el campo de trabajo de Son Amoixa, en Mallorca, es liberado y regresa a su casa el 1 de junio de 1939.

Otra vez al cuartel

Pocos meses pasó en  su casa.

 

En 1940, como los jóvenes de la quinta de 1940, la del biberón, fue llamada a filas. Durante cuatro años recorrió los cuarteles de media España: Valencia, La Coruña, Betanzos, San Sebastián, Jaca.

Rancho siempre corto, frío en los cuarteles... la licencia nunca llega.

 

Franco mantiene movilizado un enorme ejército -carente de armamento moderno- ante las vicisitudes de la Guerra Mundial, pero también como un modo de encuadramiento de la juventud.

Cuando es licenciado tiene ya 25 años.

 

Tan prolongada vida militar supuso una rémora para el desarrollo profesional y personal de toda su generación.

Una vida común

Pepe trabajó en algunos estudios fotográficos, pero pronto encontró trabajo en Cinematiraje Riera, uno de los tres o cuatro laboratorios cinematográficos que en los años 40 había en Madrid, y que por entonces, con el celuloide todavía en uso, se incendiaban con frecuencia.

 

Su puesto era de etalonador. El etalonaje consiste en igualar los parámetros fotográficos de cada fotograma, para que el resultado final sea homogéneo. Amó la fotografía y fue un perfeccionista de la calidad técnica, quizá por encima del contenido.

Pocos derechos laborales había en aquella España. El laboratorio revelaba el NoDo. No había horarios cuando llegaba el copión maestro, con el último pantano inaugurado. Cualquier queja suponía un tratamiento desfavorable, que hoy llamaríamos acoso laboral.

Se casó con Josefa, Pepi, Pepita, en 1949. Juntos estuvieron apoyándose hasta su muerte en 1987.

Buscó mejor vida en Venezuela, en 1959, a donde habían emigrado ya dos de sus hermanos. Profesionalmente le fue bien. Le contraró un fotógrafo exilado rumano que trabajaba para la Shell. Aprendió las técnicas del revelado en color. El país le gustó y preparaba todo para que su mujer y su hijo le acompañaran. Pero la tensión creada en torno a Cuba aquellos años -parecía que cualquier día comenzaría una guerra nuclear- le dio miedo y decidió regresar.

La vuelta fue dura. No volvía por fracaso profesional, al contrario, había aprendido nuevas técnicas. En Riera le admitieron en el mismo puesto, pero perdió su antigüedad, lo que para él supuso una humillación.

Con  los ahorros de la emigración puso un estudio fotográfico de barrio, su gran ilusión. Pero el negocio no daba como para dejar el empleo principal. De modo que, con la ayuda de su mujer, que, a su pesar, se convirtió en fotógrafa, tuvo que compatibilizar ambos trabajos en largas jornadas.

Murió a los 67 años, en julio de 1987, de cáncer de pulmón, precedido -la triada del fumador- por tumores de vejiga y laringe.

Un hombre bueno

Como a todos los de su generación, la guerra le marcó la vida. Perdió oportunidades y el miedo siempre estuvo presente.

 

Nunca franquista, nunca antifranquista. Contento con la democracia (pero falta "orden"-dice en el relato), votante socialista. Uno de tantos que construyeron las mínimas condiciones materiales para que mi generación, la primera sin la experiencia de una guerra, pudiera convertir a España en un país democrático con un aceptable estado del bienestar, que ahora muestra sus grietas.

En su relato insiste en el terror pasado bajo los bombardeos y que siempre fue muy miedoso. Pero un episodio le retrata como el hombre bueno que siempre fue. Los prisioneros se dirigen hacia la retaguardia custudiados por los requetes. Uh herido es llevado en camilla. Caen algunos proyectiles disparados por las últimas unidades republicanas. Entonces nadie quiere llevar al herido. Pepe, José Luis, el chico tímido y miedoso, se enfrenta a los otros prisioneros y entre y otros trasladan al herido. Todo un rasgo de caracter.

Pepe, primero a la izquierda, con dos de sus hermanos

Diploma de 1929 de la escuela del Ave María, firmado por Juan Segura. 1929

Pepe en 1935, a los 14 años

Publicidad de la tienda en la que empezó como aprendiz de fotógrafo antes de la guerra

Suelto de El Sol, diario del PCE, el 31 de mayo de 1937

La familia Díaz Bravo en el verano de 1937

José Luis se alistó voluntario el 5 de marzo. El 10 su quinta era llamada a filas. ABC, Diario Republicano de izquierdas. 8-3-38

Soldado de ingenieros, a mediados de los 40

Foto de estudio de la boda. Agosto de 1949

Etalonando a finales de los 70.

Un rasgo de caracter. Fragmento de Ida y vuelta de un soldado

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